DÍAS DE SOL

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El lanzamiento de la novela gráfica: Días de Sol fue la pasada noche del miércoles 8 de marzo en casa Mitómana, su presentación estuvo a cago del cineasta Tito Molina, aquí su intervención:

Si Días de Sol hubiese nacido como canción posiblemente la habrían compuesto entre Bob Dylan y Joan Manuel Serrat. Pero no. Días de Sol nace como un libro, y afortunadamente es ese el nido en que debió nacer. El de la palabra impresa. Aquella que “encapsula vida en cada poro que nace de la aleación entre el carbono y el calcio” como nos cuenta una carta que habla; la carta que Tomás, el cartero de un pueblo llamado Recuerdo se envía a sí mismo 20 años antes de vivir en la soledad de su viudez. Cuando Tomás la escribió, estaba enamorado de su mujer, y “lo único pendiente que tenía con ella era el futuro”. Hoy, cuando sube a la solitaria planicie de la colina frente al río Momento, Tomás ya no recuerda cómo era él sin ella. Solo se adueña del tiempo entregando a otros las palabras que conectan sus esperanzas y sus corazones, como anhelando que en ese río de voces regrese la voz de su amada para inundar su silencio.

Paradójicamente, este es el tipo de libro que al presentarlo, las palabras suena insulsas: Una carta que habla, un pueblo llamado Recuerdo, un río llamado Momento, un cartero que cada mañana le confía las llaves de su casa a la luz que entra por su ventana, pues piensa que llenando de luz su habitación, Emma, su mujer, despertará… ¿Cómo desgranas un libro con este universo sin estropear la magia de su encuentro?

“A la simultaneidad le encanta vivir donde no la pueden ver”, nos dice Miguel Alonso Villafuerte en su libro Días de Sol. “Cuando llega lo inesperado, el tiempo se descompone y cada sensación tiene una eternidad encapsulada”. La primera en llegar es la del vacío -nos cuenta-, y la segunda en arremeter es el doloroso recuento de una vida.

Días de Sol no es un libro para leer en voz alta. Por favor no intenten leérselo a alguien, ni siquiera a su hijo pequeño, lo estropearían… al libro, no al niño. Quizá sería más conveniente dejarlo vagar libre por las imágenes del libro; porque Días de sol no es solo una novela, es un objeto. Una brújula. Un paraguas. Una colina. Una escalera. O un sillón de tapiz rojo que puede ser leído de varias maneras. Solo texto. Solo imagen. O la que me permito recomendarles; el laberinto enigmático por donde se persiguen, como amantes, las palabras y las imágenes, el color y la ausencia, el dibujo y las letras, Tomás, sus hijas y los latidos de un reloj sin tiempo.

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Días de Sol es de esos raros ejemplos donde la voz interior del lector se mimetiza con la del narrador y se tiene la sensación de ser uno quien cuenta la historia. De ser uno quien vive junto a Tomás y su carta, habitando en la ansiedad de cada uno de los ochenta y seis mil cuatrocientos segundos que tienen sus días. Días de Sol es un libro duermevela, un libro de ojos y páginas entreabiertos, un libro previo al colapso de la vigilia.

El libro de Miguel Alonso reposa su cuerpo en la embriaguez anestésica que nos produce el dolor de la pérdida. Miguel Alonso inventa Recuerdo y nos lleva por la vasta geografía estética de la soledad y la eterna espera, donde el tiempo ocupado en la vacuidad de cada acto es el placebo diario que permite al protagonista soportar su destino:

“La mayoría de sus acciones son automáticas y nada de lo que ocurre en esos instantes se almacena en su memoria: es parte de su fórmula para adueñarse del tiempo.” -nos cuenta Alonso, y luego crea esta figura que devela la fisicidad del relato, del desasosiego- “El encargado del servicio postal entrega un paquete de sobres al cartero. Entonces, gracias a este acto, él se puede dar cuenta de que ayer y hoy son estados diferentes, porque el peso del paquete nunca es igual.” ¡Qué finura! Que sutileza simple para describir lo inasible.

Pero el escritor no se conforma con brindarnos este mapa poético de la esperanza. Va más allá y se aventura en un ejercicio estilístico audaz. Y así como su personaje consigue vencer los decretos del azar, el autor de Dias de sol logra salir bien librado de estructuras narrativas que resultarían pantanosas para cualquier novel. Como por ejemplo la brillante manera en que Alonso nos conduce entre el narrador y la carta; entre la tercera y la primera persona de la narración, sin que nos demos cuenta:

“El río Momento empezaba y terminaba en el horizonte, besaba las faldas de Recuerdo. Tomás pensó en la Vía Láctea y en la eternidad como si hubiera sido el río quien le quería hablar de eso. Se veía absoluta esa franja de agua, irrepetible en cada brillo o acumulación de espuma. El viento que recibía también le decía algo, que mire su morral, que me vea, que me tome con las manos, lo escuché decir. Volvimos al contacto manos y papel, mirada y tinta, voz y palabras congeladas. Esta vez fue diferente porque sentparamo si me estuviera esperando para seguir corriendointa, voz y palabras congeladas. Esta vez fue diferente porque sentí que a cada línea leída y releída me multiplicaba, y el aire se detenía, se abría como si me estuviera esperando para seguir corriendo. La voz de Tomás desaparecía y el silencio de los latidos de su corazón me empujaba hacia el aire. Y allí iba yo, sobre Momento, en libertad.

Un pedazo de papel flotaba en Recuerdo, Momento lo esperaba acostado y con la boca abierta.”

 

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