De homínido a peatón

Texto leído la noche del martes trece de diciembre de 2016 en el lanzamiento del libro ilustrado: VEINTE PISOS

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Que necesario se hace el silencio en este agitado siglo XXI, todos te gritan en mayúsculas y por todo lado, encontramos en la enajenación el punto perfecto de encierro. A veces pienso que la armonía vive en el caos, como una orquesta compuesta por todas las secciones del sonido, una sinfonía infinita de tráfico interminable, buses en hora pico, gritos de extremo a extremo, todos ellos evitando lo inevitable, evitando colisionar. La naturaleza de esta orquesta es tan perfecta y lógica que terminó por convertirse en una sola serie infinita de cualquier cosa.

La orquesta urbana no permite silencios, hace falta que un ángel cruce sobre nuestras cabezas para sembrar el silencio, al menos durante un momento fugaz, y ya entrada la tardecita cruzar avenida Naciones Unidas deja de ser un acto del peatón y empieza a ser una teletransportación de condiciones casi divinas. Este silencio funciona para poder ver. Se afirma aquella ley de potenciar los sentidos al eliminar uno. En este caso particular la teletransportación es casi una necesidad por salir de la enajenación y recorrer con la mirada la vida, teletrasnportarse es recorrer las formas de la vida. Contemplar es ver a la vida ocurrir, es proyectar un viaje fuera de ti.

Así es como una caminata se convirtió en una reflexión sobre lo horrible que sería ser un edificio. No poder moverse, no poder caminar, estar parado allí todo el día. Y qué pasaría si aparece otro edificio y los dos quisieran estar juntos. Cada vez más y más razones para no estar en las botas de un edificio. ¿Y si ya somos edificios, que aunque usemos los pies para desplazarnos de un lugar otro, en realidad no nos estamos moviendo? El ángel que dejó el silencio en la cabeza de ese peatón había hecho algo mucho más que eso, le había dejado el regalo de la curiosidad.

Teletrasportarse implica cruzar una puerta y explorar como una necesidad para sobrevivir en el nuevo mundo, vivir su propia evolución, ser el hombre primitivo de ese nuevo mundo y luego regresar por la misma puerta para cerrar correctamente el trayecto de un viaje.

De un momento a otro este homínido se vio dibujando rectángulos y triángulos, después se vio nombrando cada una de esas figuras, es decir separando partes del todo, grabando esas imágenes y esos significados y para siempre en el techo de una cueva a la que siempre volverá. La teletransportación o el acto de contemplar había llegado demasiado lejos, el nuevo mundo estaba construido de las emociones necesarias y la manera en la que el homínido arrebató ese presente a la vida se denominó: monotipia: una técnica de grabado y dibujo lúdica que le venía muy bien al homínido ya que en ese momento de su evolución estaba aprendiendo a hacer pinza con el pulgar, su espalda estaba cambiando de postura, dejaba de interesarse por la cacería y se empezaba a cuestionar por el color y lo que pasaría si expande una capa de color sobre una mesa de vidrio, dibuja sobre ella y lo registra en un papel sin usar más presión que el peso de sus manos.

El límite de esta técnica es la euforia, dibujar con el pigmento utilizando las manos tarde o temprano se hace aprendizaje y el tiempo empuja la evolución del homínido haciendo oídos sordos a sus súplicas. El límite apareció y era necesario regresar por la puerta que se había abierto.

Hasta este momento de la historia el hombre primitivo y en silencio con rodillo en mano y una pila de colores por delante, no conoce de otra cosa que la impresión de las emociones primarias: apego, desapego; individuales o conjuntos; triángulo, rectángulo bastaron para que la abstracción haga su trabajo, guardar a todos en uno, guardar a todas en otra, en un él y en un ella, separar y nombrar.

El mundo se estaba llenando de significados, la forma del cráneo se agrandó porque la curiosidad crece, apareció el fuego y el abrazo, para esta altura de la historia aún éramos una civilización nómada.

En el mundo de la pintura, entiendo que la técnica es la forma de relacionarse, no con el dibujo, ni con los materiales, ni con lo que se dibuja, sino con la realidad, el acto creativo es el diálogo de fuerzas y quien las interpreta (yo) no tiene interés en controlarlas, escucharlas conversar es suficiente.

La técnica es posiblemente una forma de teletransportarse hacia la forma de la realidad, hacia el sistema nervioso del objeto. Digitalizar la realidad resulta paradójico, hacer bits o pixeles del color o del azar que nació de la euforia de la monotipia, es todo lo contrario. Sin embargo este proceso también le corresponde a la historia de la evolución del homínido. Al aplanarlo todo en una pantalla era necesario volver a dotarlo de individualidad o de imperfección.

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Cada libro se imprimió más de una vez y pasó por más de una máquina, unas imperfectas e incompletas solamente tenían botones y conexión a la electricidad y otras eran más complejas y perfectas, tenían nervios, músculos, tendones, pulso, venas, sangre, y paradójicamente nunca pudieron hacer dos veces lo mismo.

Tal cual hizo el hombre primitivo al separar del todo un triángulo y un rectángulo y después los volvió a separar de todos los triángulos y de todos los rectángulos encerrando en su forma un significado, yo decidí separar de la infinita posibilidad de producir un libro para cada habitante del planeta, solamente trescientos. Al abstracto se le arrebataron trescientos libros, y había una necesidad infinita de marcar a cada unos de los trescientos que ya estaban marcados, era necesario regresar al triángulo y al rectángulo, congelarlos en una sola imagen, teletransportándose de nuevo y esta vez la madera y la presión eran los parámetros para recorrer las formas de la realidad. Esta vez la técnica se llamaba xilografía y exigía un homínido con más fuerza, con más intensión, con dosis de energía repartida por cada vez que sus manos recorrían el tórculo de la máquina y el peso de la gravedad empujaba la madera y rompía las fibras del papel dibujando un triángulo y un rectángulo invisibles para los ojos, imposibles de ver si no existe el silencio.

El pasado jueves 8 de diciembre, ya entrada la tardecita entre las 14 con 33 y 14 con 34 pasó por última vez la madera y el papel, ese instante se le robó a la vida, hasta allí había ganado, pero de nuevo al tiempo se le ocurrió la estupidez de continuar y superponer presentes estériles sobre un presente perfecto. Cada número entre el uno y el trescientos pasó por una máquina y por un par de manos, por una máquina de nuevo y por un par de manos de nuevo también, la versión que está en tus manos ha sido el punto de la historia donde decidí detenerme para entregarte lo más cercano a la unicidad, el proceso se detuvo ahí porque vio que en ese punto había crecido lo suficiente como para defenderse solo y al mismo tiempo reafirmar que la verdadera función de nuestras manos es romper el ciclo, sabotear el proceso automático. Casi como un deber moral.

El hombre primitivo que ya no es tan primitivo ni tan homínido guardó la monotipia y la xilografía y se puso camisa pensando que sería buena idea congelar todos los presentes en un libro y venderlo. El cuento que habita en sus manos es un ejercicio de señalar una fantasía, es una vacuna para esta realidad que baja en una resbaladera infinita como la euforia después de perder su encanto.

El hombre se vacía y siempre se llena con lo mismo, quizás esa es la idea de cualquier ciclo, quizás por eso nos condenamos solos al repetir los mismos errores una y otra vez y somos tan olvidadizos que nos perdimos en el ida y vuelta, nos proyectamos en el afuera sin estar presentes en el, la orquesta del caos de Ciudad Normal busca responsables, culpables y cada cierto tiempo salvadores para la crisis que nunca acaba. Pero si algo hemos podido notar de esta breve historia de la evolución, es que el contexto del homínido siempre cambió, tuvo un gobernante cuando hacía monotipia y otro cuando hacía xilografía pero la tribu continuó, porque estamos destinados a sobrevivir, incluso cuando no es muy alentador el siguiente paso. Si la huella que sale de nuestras manos la imaginamos como un acto, y la utilizamos para entorpecer la producción en serie de nuestros días y nuestras tardes, no será necesario proyectarse afuera sin estar presente. VEINTE PISOS es una forma materializada de esa curiosidad, es también un experimento de paradojas entre ir y volver entre la unidad y el conjunto, la producción en serie y la separación del todo. Veinte pisos es la prueba real de que touch y tocar no es lo mismo, de que manos y botones son diferentes lenguajes. Veinte pisos no me pertenece más, es un regalo para ustedes quienes deben decidir que parte de la historia separar, nombrar y recordar.

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Un comentario en “De homínido a peatón

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