Reconciliación con la madre

Si de algo le sirve Perú a un ecuatoriano es para hacer la metáfora del vecino: ¿Conoces a tu vecino? ¿sabes si al menos tienes uno? Que tal si el que vive al frente de tu departamento es el amor de tu vida o el que se sienta junto a ti en la universidad es el mejor polvo de tu vida. La ciudad que está a una hora de la tuya es tu lugar en el mundo o si el país fronterizo al tuyo es donde podrás ser profeta.

Para un ecuatoriano de clase media como yo conocer Perú no implica absolutamente nada extraordinario, para alguien como yo viajar a India o Nepal es un sueño, pero en el menú solamente había Perú y para comer ese rato y en caliente no vaya a pasar que después la oferta se caduque. Acorralados en el ahora o nunca y en el nadie ni nada a la redonda mamá y yo nos vimos obligados a conocer al vecino, al que duerme en la pieza de alado, sé que la geografía es imaginaria pero puede servir para entender límites:

Si son líneas imaginarias las que separan a Perú de Ecuador, son líneas imaginarias las que separan a mi madre y a mi entonces acercarse al otro es un ejercicio de tacto, llegar y decir:

¿Mamá nos vamos a fumar un porro?

Puede desembocar en un conflicto bélico peligrosísimo, decir por ejemplo :

¿Caliento el agua para un té?

Puede ser una puerta maravillosa para entrar.

Donde acaba ella y donde empieza serán sus asuntos diplomáticos, donde acabo yo y donde empiezo, serán los míos, lo que a este par de vecinos les compete es saber el mejor camino para llegar de visita.

Me encontraba con amigos, conocidos, ex novias, familiares y en realidad fue absorbente, muy egoísta e hijueputa de mi parte en cada encuentro me di cuenta de algo, quería que con todos fuera un saludo de conocimiento y al terminar el salido empezar la despedida, quería que nos viéramos como éramos en ese momento y luego que nos despidiéramos y esta vez ya no importaba si nos íbamos o no a encontrar de nuevo, antes lo deseaba, en ese momento no me interesaba encontrarme de nuevo, el primer síntoma del regreso fue la negación y la estaba viviendo a quema ropa.

Muchos choques y una infinidad de peleas con mi madre, la convivencia era insoportable, no nos encontrábamos ni cunado nos veíamos a los ojos, yo no encontraba quien me venda yerba, no tenía mate y lo único que me pedía era que ojala no me arrepienta de haber regresado, tuvimos una infinidad de momentos de ese tipo, en los fines de semana íbamos a Otavalo una ciudad donde vive mi hermana, aprovechaba esos viajes para alejarme de mi y no hacerme tantas pajas mentales, entonces decidí darme una cuarentena, no iba a juzgar a nada ni a nadie, no iba a tomar decisiones, no iba a hacer nada en esos cuarenta días, y así puede llevar la primera parte de algo muy fuerte, meditaba y me concentraba en seguir aprendiendo del tarot, eso me mantenía afuera, pero me costaba mucho convivir con fantasmas alrededor. Una ciudad cambiante, amigos, gente, avenidas, casas, todo fantasma de todo, me atormentaba solo, me perdía solo, estaba en el lugar en el que nací pero nadie cantaba promesas sobre el bidet en las pizzerias, nadie me hacía sentir en casa, no compartía algo inconsciente con nadie, y creo que tampoco quería hacerlo, yo quería hablar y contar historias, y la gente quería hablarme como si me hubiera visto ayer, quejarse de su vida, me hacían las mismas preguntas, odiaba el como te fue y casi asesino a alguien por preguntarme por millonésima vez si es más caro allá o si están buenos los culos. Tenía el ego de ser escuchado y la poca paciencia para escuchar, una pésima combinación.

Mediaba agosto y ya planeaba otro viaje, pero este era muy diferente, a mi madre se le ocurrió desde unos meses atrás que irnos juntos nos daría tiempo para conocernos y yo aplaudía la decisión, Macchu Pichu, Lima y Cusco fueron solamente pretextos para estar con ella, fueron quince días de romper mi egoísmo, sanar la madre, aprender de límites, terminar la cuarentena y decidir en voz alta.

Llegamos a Lima un lunes, y lo único que teníamos alrededor era a un gran “nosotros”, vi a mi madre vulnerable, vi que había envejecido, vi que no es la misma que años atrás me llevaba de compras al centro y me cuidaba, esta vez era yo quien lo hacía, cuidaba que no nos choreen cuando cambiábamos el dinero, negociaba los precios, veía los autos al cruzar la calle, era feliz de a poco porque cuidaba a mi madre y lo hacía bien, tan bien que ni ella se daba cuenta y se desataba en euforia cada vez que veía un centro comercial nuevo y sabía que podía cruzar las calles como loca porque me tenía a su lado para apretarle la mano cuando había que detenernos al semáforo. En Lima comimos como unos auténticos Atlantes, el marisco era un verdadero elixir, limón y pescado, nada de fuego, toda cocción con sal y limón, comimos como unos cabrones dueños del mar. Mi madre iba de compras pero yo caminaba una ciudad aburrida, artificial, como cualquier otro lugar construido para ir de turismo y hacer compras, con el pasar de los días me di cuenta de eso y dejé de pensar que estaba viajando, yo estaba con mi madre y se acababa ahí mi dilema, la burbuja de egoísmo se perforaba. Nos gritábamos, nos enojábamos, nos puteábamos, llorábamos de la desesperación de no poder encontrar algo para los dos, queríamos volver en el vuelo de la mañana siguiente, pero no nos separamos porque resulta que en Lima no teníamos nada ni a nadie a donde ir, estábamos obligados a convivir y el reallity show en el que nos metimos cada vez ponía más pruebas. A cada tema de conversación que yo lanzaba, sexualidad, parejas, drogas, ella lo toreaba como Manolete en la Plaza de Iñaquito, a cada insinuación suya de futuro, estabilidad laboral, yo explotaba como un boxeador, estaba tan furioso que bajaba la guardia y solo lanzaba golpes directos, pero seguíamos siendo solamente los dos, los puntos neutros de la batalla eran las horas de comer, entrar a algún museo y hablar sobre Perú, todo lo demás era potencial pelea.

Amanecía miércoles y volábamos al Cusco, Macchu Pichu me importaba menos cada vez, pero era imposible decírselo, si hasta planeaba que nos compremos juntos un par de zapatillas para trekking, el aeropuerto Astete de la ciudad imperial del Cusco nos recibió pero parecía que toda la ciudad Imperial era un aeropuerto sin techo, no había dos personas del mismo país juntas, las calles estaban repletas de gringos mayores a los treinta años, no había nadie que haya estado en esa ciudad más de cinco días, era el duty free más grande que he visto en mi vida, que mierda pensaba yo, hace unos meses me producían alergia estos lugares por eso casi me intoxico cuando pasaba cerca de Cancún y ahora en Duty free, karma me decía a mi mismo, el taxi nos dejó en el centro y las primeras impresiones se me disipaban.

Si algo tiene el Cusco es frío, pero no de clima, sino de solemnidad, es una ciudad de callejones tapizada en piedra, pero una piedra eterna anterior a la creación creo yo, no importaba que tan chico sea el callejón ni cuantos turistas transitábamos por allí, esa piedra nos aislaba a todos, iba de la mano de mi madre pero la piedra me daba la frescura que necesitaba era como estar adentro de una cortina de viento que te desaparece los pensamientos, que si no dices lo que piensas ese rato el viento se lo lleva, y lo bueno era que las estupideces se iban rápido, de apoco me fui liberando de esas ideas y dejaba de ser boxeador, esas piedras se llevaron todo a no sé donde, ya no era boxeador ni ella torero, cada vez era más Ximena y más Miguel, en el Cusco nos encontramos, en un almuerzo sin buscar nuestro encuentro, solamente nos encontramos, nos preocupamos de los dos, nos limitamos los dos, nos dimos espacio los dos, y solamente charlábamos sobre las ruinas de sal de Maras.

Ella entendió algo, fue más libre y feliz, vió que yo también entendí algo nos reconocimos en esa distancia, decidimos dibujar esa distancia y no ocultarla, decidimos reconocer nuestro desencuentro y no forzar un encuentro, en ese desencuentro ya había un encuentro pero somos tan caprichosos que si no es como queríamos no sirve, aprendimos humildad y sobre el cacao, nos dieron un tour en el segundo piso de un bus y vimos los techos de una ciudad que no era nuestra pero sentimos que de algún lado la reconocíamos, en el Cusco vi a mi madre y ella me vio a mi, tan ajena como propia, tan conocida como misteriosa, tan difícil como rutinaria, tan duty free como eterna, tan fría, tan solemne.

Desde Quito llevábamos una agenda para escribir cosas juntos y encarnar la proeza de dibujar nuestra historia, ocasionalmente lo hacíamos pero ahí no se estaba haciendo la historia, estábamos haciendo el registro del presente, esa agenda funcionaba como un buzón donde cada uno dejaba notas y la respuesta venía en la otra página, en el desayuno, en una conversación. Con esa agenda tuvimos que estar más atentos porque empezábamos a investigar porque camino llegar al otro pero esta vez sin peleas épicas.

El Cusco acababa pronto y empezábamos la recta difícil hacia Macchu Pichu, kombi fue lo primero, otro pueblo casi impronunciable vino después, allí vi la infancia de mi madre con su abuela. Me contaba que los callejones de Ollantaytambo eran como la casa de su abuela en Quimiag en su voz veía que volvía a vivir su infancia con sus hermanas, cuando lo peor que se podían hacer era empujar al canal de riego o lanzarse lodo, hoy el lodo es más metafórico, vi que mi madre también sufría por eso, ella estaba recordándose, cuando salimos de allí y bajábamos hacia el hotel no decíamos nada, había un río a nuestra derecha y era tan angosto que caminábamos en fila, cada uno estaba en su infancia, estábamos juntos y a solas, haciendo malabares con el ritmo, por fin nos encontramos, por fin nos respetamos y no nos invadimos.

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En tren llegamos al último pueblo antes de las ruinas de Macchu Pichu, Aguas Calientes es obligatorio, cuesta arriba, caro como una isla, aburrido como esperar en la terminal de un aeropuerto pero obligatorio para las ruinas. Ocasionalmente discutíamos por algo, aparecía alguna cosa extraña, nos desconcentrábamos y algún carajazo se nos escapaba, habíamos vencido a la bestia, yo había aceptado que no iba a fumar porro con mi madre en ese viaje y posiblemente nunca, ya no veía eso como un fracaso, me conformé con que me ofrezca uno de sus cigarros, ya la había conocido, ya la había aceptado, su acercamiento hacia mi ya me demostraba que me entendió que acepta que no me conoce y que quiere hacerlo, que no era buena idea preguntarme por mi estabilidad laboral.

Macchu Pichu es lo más cercano a Disneylandia que podré estar en mi vida, es difícil hacer pausa en medio de tanto selfie, y tanta gente que esta allí porque la lista de cosas de trip advisor lo recomienda, estas ruinas no tienen el frío solemne del Cusco, era más difícil concentrarse y pedir paso entre la gente, de segunda impresión esta es una ciudad construida por la realeza de aquel entonces, anónima para la plebe, poblada de vírgenes y viejos, lugar de adoración a los dioses, sin autos, con apenas 500 personas, imposible de acceder si no se conoce el camino, escondida entre las montañas, en lo más alto que la topografía lo permite y más que edificada por arquitectura, esculpida con visión de futuro, Macchu Pichu no está construida como una urbe Inca común, esta ciudad esta esculpida de la montaña, como si un gigante hubiera aparecido con un cincel para quitar trozos de montaña y dibujar gradas, sacar pedazos de tierra y dejar llanos, cuestas y más piedras, es una ciudad tributo a la ubicación y a la naturaleza, se ve el norte y el sur en línea recta, se ve la luna nacer y morir, el sol tiene su propia puerta de entrada y salida mientras que el cielo tiene su espejo de agua en el piso, Macchu Pichu es un monumento a la contemplación, no para que nosotros la contemplemos sino para que quienes vivían allí contemplen la naturaleza, una ciudad hecha para vivir adorando, ofrendando y agradeciendo, no una ciudad para ir al trabajo en bicicleta, las puertas de las casas son tan especiales que era imposible que la madre pueda comprarse una lavadora porque no iba a pasar por ese espacio.

Pienso que la gente que vivía allí, vivía allí como un acto de fé, entregaba su vida como una ofrenda para algún dios y no hacía más que celebrarlo. Cuando los españoles invadieron Cusco y sucedió lo que todos sabemos, Macchu Pichu nunca fue descubierta porque estaba tan escondida y era tan anónima que sus habitantes se aislaron y murieron en su propio edén algunos llegaron a vivir más de cien años.

Mi madre descubrió porque quería tanto conocer Macchu Pichu conmigo, a ella le parecía impresionantes las edificaciones en roca, y decía que así era su amor por sus hijos, dotado de esa fuerza y atemporalidad que hacía una estructura tan fuerte y eterna que cada vez dejaba de ser algo construido por la mano humana y pasaba a ser un paisaje en sí mismo, asi entendió mi vieja Macchu Pichu, me lo decía mientras llorando nos abrazábamos y planeábamos nuestra próxima selfie.

Para mi la revelación vino después, Macchu Pichu tiene la dualidad instaurada en todo lugar, esta entre dos montañas, Wayna Pichu y Macchu Pichu, montaña vieja y montaña joven. Se puede ver al sol y a la luna bailar en el cielo, está en la altura de un pedazo de tierra y desde allí se ve el rió, baila con los cuatro elementos, ve su propio calendario, gobiernan el padre y la madre. Esa forma de vida quizás sea la dualidad, la que tanto buscaba o lo que tanto necesitaba incorporar a mi desequilibrio.

Macchu Pichu culminó en un abrazo de agradecimiento por la compañía, ella quería ver esas ruinas y quería que yo la escude, no sé cual primero y cual después, yo quería ver esa historia y encontrarme con ella, tampoco sé cual primero y cual después, pero todo ocurrió con las variaciones que la realidad nos ofrece, nunca como la imaginamos. Sellamos nuestro pasaporte con el sellito de Macchu Pichu para que todos sepan que estuvimos allá, nos tomamos las selfies del caso, fuimos al baño e hicimos fila para el camión de regreso a Aguas Calientes.

El almuerzo fue un litro de cerveza para mi y un cuy al horno para ella, vimos a Brasil campeón olímpico y dejamos propina, al hotel y a preparar el tren del día siguiente, empezaba la parte de regreso, Ollantaytambo de nuevo y el Cusco después, hotel en el barrio de San Blas desempaque, cambio de ropa y de nuevo afuera, ahora la aventura era salir de compras.

El Cusco se acabó y un avión nos esperaba de nuevo, Santa Rosa de Lima nos veía la noche de un martes, pasar por Callao y escuchar al taxista hablar, ir por la costanera y llegar a Miraflores, un hotel surreal nos esperaba, recepcionista sordo, comedor oscuro con manteles de cortinas, habitación alfombradamente húmeda ayudante sin brazos, terremoto en Italia, ducha con Sauna, y desayuno sin mantequilla ni mermelada. No tengo nada en contra de los sordos, mancos ni en contra de lo surreal ni la humedad ni mucho menos en contra de Italia, pero algo había ocurrido de nuevo y mi madre y yo tuvimos una pelea épica por enésima vez, pero esta vez era más fuerte, esta vez no tenía cabeza caliente de por medio ni bronca, esta vez eran reclamos, no había reacción a cada acción había tristeza y desesperación.

El Mama Cuchara de la calle Larco en Miraflores nos veía discutir y ordenar la cena, no me acuerdo lo que pedí pero era como una sopa de mariscos cuya descripción en inglés sonaba interesante, media hora después de tener los platos en la mesa, ella y yo seguíamos discutiendo, ni españoles versus incas conversaron tanto. Aún no habíamos encontrado ese camino hacia el otro y era lo que más bronca nos daba, parecía que sí, pero bastaba una desconcentración como una equivocación de hotel para volver a las armas, nos estábamos haciendo un daño terrible ya no era algo en contra del otro era algo en contra de uno mismo, no solamente que cagabamos la convivencia, sino que el estar con uno mismo ya era difícil, no se puede vivir en disputa con el vecino toda la vida, si estamos tan cerca no es por casualidad, somos un espejo del otro, me era imposible entender que la convivencia se estaba quemando por completo, no podía entender que lo primero que tenía que hacer en el día era asegurarme de no pelear, estaba jugando otra cosa, lo que esta cerca no puede taparte el sol le decía a mi madre mientras ella bajaba la mirada y me decía que le da vergüenza llorar en público, ¿cómo quieres que te conozca, si no compartes nada conmigo? Decía ella mientras llegaba el mesero a preguntarnos si todo estaba bien y dos pasos atrás se detenía y nos dejaba seguir asegurándose que teníamos todos los instrumentos en la mesa para la matanza.

No sé si por hambre, desesperación, obligación o reconocimiento de los dos en un lugar que nos es nuestro pero de nuevo intentamos un camino, el último nos prometíamos sin decirlo en voz alta, se trata del amor propio, de llegar hacia el otro por amor propio e incluso de alejarnos del otro cuando la situación lo amerite por amor propio, no nos podíamos abrazar porque no lo sentíamos, nos habíamos herido mucho, acordamos comer y la sopa de mariscos fue algo espantoso.

Siguiente día en Lima, cambio de hotel, el rencor mutuo nos había pasado y nos abrazamos como un doble desayuno, al parecer el amor propio es el mejor camino para acercarse o alejarse del vecino, posterior a eso tuvimos desacuerdos, desconcentraciones, pero ya no más conflictos bélicos, me convertí en el llavero de mi madre para ir de compras y era divertido porque mientras ella se probaba ropa en la tienda departamental yo veía como las limeñas escogen su ropa interior y fantaseaba un poco cada tanto, los afrodisíacos ya estaban cobrando efecto.

Aproveché para hacer compras yo también, si ya estaba en contra, porque no iba a sacar provecho, hubo un día que me cambie de ropa mas de ocho veces en el mismo probador, salí con tantas bolsas de cosas nuevas que parecía que estaba empezando una nueva vida. Mi vieja estaba contenta por las endorfinas que se liberan al entregar una tarjeta de crédito y firmar un papel.

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El mar en invierno siempre fue un paisaje que quise ver, ella y yo caminábamos por el malecón de Miraflores y charlábamos sobre la convivencia y la comida, hasta ese entonces temas menores, de pronto llegó esa pregunta que estaba buscando y evadiendo todo el viaje.

¿Qué vas a hacer? Me dijo, en una voz abierta que se llevo el Pacífico.

No era un ¿qué vas a hacer? En ese momento o mañana, ella hablaba del futuro, de la vida, y yo le entendí y ella supo que le entendí, era el momento: le tuve que pedir que nos sentáramos para conversar, el mar estaba a mi derecha y la cuarentena terminó hace cinco días, las decisiones tenían que ser comunicadas en voz alta, entonces empecé y salió mi salto más sin vergüenza y descarado.

Soy un tipo afortunado le dije, no tengo responsabilidades con otra persona más que conmigo, nací en un hogar donde las posibilidades nunca han faltado, toda esa introducción predecía que venía un gran golpe.

No quiero ir a tocar una puerta para conseguir trabajo, quiero que construir lo que hay detrás de esa puerta sea mi trabajo, me quiero dedicar a la pintura, a la ilustración a la escritura, a los libros a las historias, la vi de reojo y me estaba escuchando, si el mar no hubiera estado a mi lado quizás no hubiera podido haber continuado. Te quiero pedir una beca, le vi fijamente, quiero tiempo hasta diciembre para que mi taller empiece a cobrar seriedad, no sabía porque era importante para mi decirle estas cosas a ella si ya me siento bastante grandecito pero en ese fugaz segundo entendí que la autoridad no es algo negociable, que hay figuras inquebrantables y merecedoras de algo más que un berrinche, asumí esa humildad y contradecía mis principios de independencia, soberanía, vivir solo, ser un hombre, entre otros, y le decía, la beca consiste en que me des abrigo en tu casa, mi sin vergüenza aun no estaba completa, y de vez en cuando algo de dinero, quiero levantar ese taller, y que algún día sea una forma productiva y económica de sustento.

Empezaba a dar vueltas en círculo y ella lo notaba, terminé mi petición y me seguía admirando del poder de autoridad, ya no sé si para bien o para mal, tampoco sabía si en mi afán de crecer pidiéndole todo eso a mi madre lo que menos hacía era crecer, hasta me sentía culpable por la gente que todos los días madruga a laburar mientras yo planifico mi desayuno y empiezo a escribir esto, quedaron muchos cabos sueltos ese momento, pero por alguna extraña condición hacia la madre, hacia la dualidad, necesitaba decir eso incluso sentí que necesitaba su bendición para seguir lanzándome al vacío, me callé y ella también.

La institución sin fines de lucro Ximena Banderas, me otorgó la beca a cambio de nada, en su contrato aclaraba que confía en mí, no había letras chiquitas, volvimos a caminar hacia Larcomar discutiendo los últimos puntos de la beca, buscamos algo para almorzar, mariscos por décimo cuarta vez, viendo al mar cerrábamos un compromiso mutuo e individual,

No sé si sentirme como un nene chiquito que le dan permiso de ir a ensuciarse o sentirme como todo un soñador con auspiciante, no sé si el único camino para llegar a un lugar verdadero sea madrugando todos los días para ir a trabajar, pensaba en los que limpian el centro comercial, su esfuerzo y su salario, pensaba en los modelos, los futbolistas, su esfuerzo y su salario, pensaba en las injusticias que no me perteneces y no sabía donde estoy yo, pensaba en mis amigos y todo lo que han tenido caminar para conseguir algo, me comparaba y me daba miedo, pensaba en el recepcionista sordo y su ayudante sin manos, en los giros de la vida, me preguntaba si lo que quiero hacer requiere esfuerzo, si esfuerzo significa sacrificio y si sacrificio significa entregar tu vida para no vivirla, o si sacrificio es entregar tu vida para que sea digna de ser vivida. ¿Quién mide tu esfuerzo, tu entrega o tu sacrificio, la cuenta del banco, las sonrisas, los jueces que conviven contigo? La concha de la lora decía a mis adentros que cara dura soy. Que cara dura debo tener para conseguir lo que quiero: viajar con mi trabajo.

Decidí dejar mis complejos de culpa y aprovechar las condiciones que hoy tengo, animarme a bailar la canción que está sonando, la misma que yo decidí poner. Quise usar mi condición de mendigo con escopeta y cobrar sueldo de hijo.

Terminamos un almuerzo compartido, tan compartido que hasta el mismo plato usamos, fuimos de postre a otro lugar y mi madre quería seguir comprando, para ese momento se nos había ido el límite de las manos, no nos importaba nada, dejábamos propina con verdadero interés charlábamos con los mozos porque estábamos felices, fuimos al teatro, éramos los dueños de lo que quisiéramos, por fin nos teníamos.

Vuelta al hotel, CSI Miami por Tv y dormir, check out y esperar la hora del vuelo, tiempo en el centro histórico de la ciudad, bus de turistas (para este momento hasta me gustaba) fotografiar las cosas raras para luego verlas y no entender lo que quería fotografíar, vista panorámica, de la ciudad, las otras caras de Lima que no son Miraflores, almuerzo, último cebiche con B y taxi al aeropuerto, tiempo de espera como quien esta en un evento familiar aburrido sin poder escapar, duty free verdadero, no el Cusco, las compras no acababan, y yo recordaba mis trece horas de escala en esa sala de espera, había aviones a México y a Buenos Aires, quería distraer a mi vieja en la sala de espera y escaparme pero no podía, cargaba demasiadas bolsas de compras, que metafóricamente quise entender como cosas que hacer. Fila para abordar, asiento final, centro y pasillo. Compra a bordo decían por parlantes, no lo podía creer mi madre no tenía fin, devoró el catálogo del duty free pero esta vez desde el cielo. Amanecía domingo y Quito nos veía salir por migración. Taxi a casa, tres de la madrugada y la Vicka ladraba, mi hermana había llegado de visita y estaba dormida, rendidos nos fuimos a acostar juntos en la misma cama y al siguiente día un abrazo volador del Matías nos despertó le dimos sus juguetes y entregamos los obsequios respectivos.

Muchas horas después, esa noche de domingo necesitaba el espacio de la soledad, esta vez el frío solemne no me servía, acostado en la terraza de la casa de mi madre veía al Pichincha y a las estrellas, sentí un hueco en el estómago, un vacío se abría, mi espalda en el piso de la terraza y el cielo definitivamente me estaban haciendo algo, sentí que me operaban en la mitad del cuerpo, el vacío y luego el calor, entendí la dualidad, el círculo de tres se cerró e inexplicablemente me sentí completo, no feliz, ni eufórico, ni súper héroe, completo en su estado más neutral, en equilibrio, me reconcilié con mi madre y eso incorporó en mi, la otra cara de cualquier moneda.

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Collages (3) Transfer, acrílico, basura recolectada sobre mdf  66 cm X 30 cm

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